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martes, 2 de febrero de 2010

Una alegoría de la encarnación del alma



La película Alma, del granadino Rodrigo Blaas, que optó al premio Goya 2010 al mejor corto de animación, ha sido muy alabada por sus aspectos formales, por la impecable realización y pericia técnica, por su estética y sentido del ritmo, etc; sólo se le ha criticado la endeblez y falta de originalidad de la historia. Sin embargo, eso es precisamente lo único que nos va a interesar aquí: la historia entendida como un símbolo, un mito o una alegoría, que admite múltiples niveles de interpretación y diferentes modos de acercamiento.

Se trata de una niña, llamada Alma, que vaga por calles solitarias bajo la nieve y se detiene ante el escaparate de una juguetería. Se sorprende al ver una muñeca que se le parece enormemente, incluso en el atuendo. Quiere entrar y verla más de cerca, pero la tienda está cerrada. Forcejea inútilmente con la puerta, se da por vencida y emprende la retirada, al tiempo que arroja con rabia y frustración una bola de nieve contra la puerta. Entonces la puerta cede y Alma se introduce en la tienda donde no encuentra a nadie, tan sólo un ejército de muñecos. Se dirige hacia la muñeca que tanto se le parece, pero tropieza con un pequeño muñeco mecánico que pedalea sobre una bicicleta y lo derriba. Levanta al pequeño ciclista y lo coloca derecho sobre el suelo; entonces el muñeco pedalea hacia la puerta, todavía entreabierta, como si quisiera escapar, pero el viento vuelve a cerrar la puerta y el ciclista choca una y otra vez contra ella. Alma se encarama sobre unos muebles para alcanzar su muñeca clónica y tan pronto como la toca experimenta una transformación: queda atrapada en el interior de la muñeca, convertida ella misma en su propia muñeca, incapaz de moverse y viendo la tienda desde una perspectiva nueva, como a través de un ojo de pez. Entonces un artilugio mecánico coloca otra muñeca distinta en el escaparate, que parece estar aguardando otra niña a la que robarle el alma.



Diréis que no hacía falta contar la historia, porque aquí tenemos el video, pero sé que todavía queda gente conectada a internet con equipos antiguos tan lentos que no les permiten verlo.

Muchos estudiantes de astrología se quedan tan impresionados por la fidelidad con que la interpretación de sus cartas natales refleja su personalidad como la niña Alma ante la visión de una muñeca tan increíblemente semejante a ella. El parecido entre la muñeca y la niña es físico, mientras que la similitud entre una carta astral y una persona es psíquica o simbólica. No identificamos sin más a una persona con su apariencia física, con la distribución de colores y formas que hacen visible su corporeidad, con el timbre de su voz o la sucesión de sonidos que salen de su boca cuando habla. Lo que nos interesa de esos sonidos es que conforman palabras a través de las cuales se expresan sentimientos, pensamientos e intenciones; lo que nos interesa de los movimientos de su cuerpo es que constituyen gestos que envían mensajes; lo que nos interesa de verdad es qué hay "detrás de todo eso", qué estado de alma se manifiesta ahí, quién está "ahí dentro". De la misma manera, el astrólogo que mira un cielo de nacimiento no se interesa por la composición física de los planetas, sus tamaños, sus colores, la temperatura en su superficie o la definición de sus posiciones relativas por sí mismas, sino que trata de vislumbrar a través de todo eso un significado, algo que "está ahí detrás", un "estado de alma"; concibe los movimientos de los astros como gestos del Anima Mundi. Compara estos dos estados del alma, el del cielo de un momento dado y el de la persona que nació con ese cielo y ahí es donde constata -o no- la semejanza. Como observa Tarnas, desde que el mecanicismo cartesiano negó el alma al universo el hombre ilustrado occidental sólo es capaz de pensar en la astrología como si consistiera en la comparación directa de los detalles meramente físicos de los planetas con la actividad psíquica de las personas. Obviamente esas dos cosas no se parecen en nada y por eso -vista así- la astrología parece irracional y absurda.

Por supuesto, la niña de nuestra historia no se llama Alma por casualidad. De hecho, estamos ante una nueva versión del mito platónico del carro alado: el alma, que llevaba una existencia libre en el mundo celeste suprasensible, es arrastrada por sus deseos (en este caso, por la curiosidad o -como diría Platón- por la fascinación de su propia sombra) al mundo sensible, donde queda encarcelada en un cuerpo y limitada en sus movimientos. La alfombra en el centro de la habitación, decorada con una espiral, parece representar la rueda de las encarnaciones, en la que están atrapados los muñecos. El pequeño ciclista gira en uno de esos círculos antes de dirigirse hacia la puerta en su intento de liberarse de esa rueda. La verdadera vida, la libertad y los movimientos fluidos están en el exterior. La juguetería es otra vez la caverna de Platón, el mundo sensible, habitado por malas copias de los seres modélicos del exterior. Lo que tomamos por mundo real sólo es un mundo de juguete, una pobre imitación que nos seduce porque halaga nuestra vanidad.

En la dualidad -artificial, pero todavía útil para entendernos- entre sujeto y objeto, el alma es el sujeto y el mundo que se abre a su contemplación es el objeto. El ojo, con el cual contemplamos todas aquellas cosas que se pueden ver, no puede, sin embargo, verse a sí mismo como no sea reflejado en algo: en las aguas de un estanque, en un espejo, en una fotografía...o incluso en otro ojo. Cuando el alma-sujeto intenta percibirse a sí misma, no tiene otro modo de hacerlo que reflejándose en algún objeto. El alma tiene que "objetivarse", ponerse delante de sí como objeto. Hegel expresó algo semejante a esto al decir que el Espíritu Absoluto toma la forma de Naturaleza para conocerse a sí mismo en la Historia.

Ésta es precisamente la función que cumple -o intenta cumplir- una carta astral bien interpretada. Nos quedamos fascinados ante la carta astral porque parece tener el poder de objetivar nuestra alma, de ponerla como imagen delante de nuestros ojos. Pero esta visión es, en realidad, bastante esquemática y si llevamos demasiado lejos nuestro afán de identificar a la gente con sus cartas astrales acabaremos encorsetándolos y convirtiéndolos en una legión de muñecos inarticulados o de autómatas como los de la juguetería de Rodrigo Blaas.




sábado, 21 de noviembre de 2009

Leo y la caverna de Platón, 2.



las almas inmortales, cuando llegan a la cima (de la bóveda del cielo) salen afuera y se detienen firmes sobre la parte superior del cielo, y, en esta posición, las conduce el movimiento circular de la bóveda celeste, mientras ellas contemplan lo que hay fuera del cielo.(...) la realidad que verdaderamente es sin color, sin forma, impalpable, que sólo puede ser contemplada por la inteligencia, piloto del alma, ocupa este lugar. [Platón, Fedro, 247a]

Si el mundo inteligible se encuentra fuera de la caverna y el mundo sensible propiamente dicho se circunscribe al área de visión de los prisioneros, es necesario que todo cuanto hay entre el muro a espaldas de los prisioneros y la entrada de la caverna sea algo intermedio entre lo sensible y lo inteligible. Nada nos dice Platón sobre los porteadores ni su carga, todo lo que comenta sobre esa zona es que la luz del fuego representa "el poder del Sol". ¿Pero qué es el Sol para Platón? Al final del libro VI de La República, justo antes de la exposición del mito de la caverna, podemos leer:
-¿A cuál de los dioses del cielo podrías atribuir el dominio de esas cosas e incluso la producción de la luz, por medio de la cual ven nuestros ojos y son vistos los objetos de la manera más perfecta?
-Pues al que tú y los demás la atribuyen. Porque parece claro que quieres referirte al sol.
-Y bien, ¿no es esta la relación natural de la vista con ese dios?
-No te entiendo.
-¿No es como un sol la vista, y lo mismo el órgano en el que se produce, al que damos el nombre de ojo?
-Creo que no.
-Sin embargo, debo decirte que, a mi entender, es de todos los órganos de nuestros sentidos el que más se parece al sol.
-Sin duda.
-Y esa facultad de ver que posee, ¿no le ha sido concedida por el sol como a título de emanación?
-Así es.
-A él deseaba referirme cuando hablaba de ese descendiente del Bien, análogo en todo a su padre. El uno se comporta en la esfera de lo visible, con referencia a la visión y a lo visto, no de otro modo que el otro, en la esfera de lo inteligible, con relación a la inteligencia y a lo pensado por ella.
El Sol es, pues, uno de los dioses del cielo. Para Platón, todo el cosmos con sus estrellas y planetas está habitado por dioses o inteligencias, cuyas almas se desplazan libremente por sus infinitos espacios. Concibe el cosmos como un gigantesco ser vivo animado por un alma inteligente que es su principio de movimiento y de orden: el Alma del Mundo. Este Alma del Mundo es obra de un dios artista, el demiurgo, que crea también el mundo y al hombre con la colaboración de otros dioses menores. Pero ni el demiurgo ni los otros dioses crean a partir de la nada, como en la tradición judaica, sino que lo hacen a partir de dos elementos preexistentes: la materia y el mundo inteligible, que son ambos eternos. Se inspiran en las formas del mundo inteligible para moldear la materia, pero ésta presenta resistencia y negatividad; el resultado, por tanto, no alcanza la perfección del modelo. ¿No serán, pues, los porteadores estos dioses productores del mundo sensible? ¿No serán los objetos que portan los moldes que han creado a imitación de los objetos del exterior de la caverna para formar con ellos las cosas visibles? A mi juicio ésta es la explicación que mejor encaja con el resto de la doctrina platónica.

La bóveda celeste, el sol, los planetas y las estrellas, son objetos visibles por el ojo humano y pertenecen, por tanto, al mundo sensible. Por ello deben quedar representados en el interior de la caverna. Pero son al mismo tiempo el receptáculo de divinidades y de inteligencias invisibles que gobiernan tanto los movimientos del cosmos como las cosas de este mundo. Por eso deben quedar fuera del área de visión de los prisioneros.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el signo de Leo? En primer lugar, sabemos que Ptolomeo atribuye al Sol regencia sobre Leo y que Platón coloca al Sol visible como encarnación sensible de la idea de Bien, que es el Sol inteligible y la meta final de su indagación filosófica. La filosofía de Platón es un iluminismo, que desprecia los sentidos como fuente de conocimiento y confía solamente en la luz de la razón. La luz, el fuego y el sol son figuras recurrentes de las que se vale Platón para privilegiar la noesis o intuición intelectual como forma suprema del conocer.
En segundo lugar, Platón entiende que el alma es de origen divino y la existencia terrestre es indigna de ella; el cuerpo es para el alma una cadena, una prisión, una tumba. Esto es característico de los signos de fuego -no es raro, por ejemplo, que se olviden de comer- y les distingue de los signos de tierra, por ejemplo. En tercer lugar, la platónica es una filosofía de elevación o superación, algo que también es propio del fuego, el cual, como señala Aristóteles, se mueve hacia lo alto de manera natural. La carga de la terrenalidad, el peso de la encarnación y el lastre de la dependencia de los sentidos son señalados por Platón como fardos que conviene dejar atrás cuanto antes, en el progreso del alma hacia el Bien y hacia los más nobles ideales. En cuarto lugar, su ideal político es de corte autoritario. El gobierno debe corresponder al rey-filósofo, que hará cumplir las leyes con ayuda de la clase de los guerreros por la fuerza si fuere necesario. La justificación de esto es que la Verdad es absoluta (posición dogmática) y no algo opinable y quien accede a ella después de un largo entrenamiento (simbolizado por el esfuerzo en salir de la caverna) es el único preparado para guiar a los demás. Por eso desprecia la democracia y defiende la organización jerárquica en torno a un monarca que sea noble de carácter, justo y sabio.

Y así es como pasamos de Sócrates a Platón y de Cáncer a Leo.


viernes, 20 de noviembre de 2009

Leo y la caverna de Platón, 1.


El mito de la caverna, expuesto por Platón en el libro VII de La República, es una alegoría de la condición humana que condensa los temas principales de la filosofía platónica. Los seres humanos naturales, encarnados en un cuerpo mortal y sin formación filosófica son semejantes a unos prisioneros que, desde su nacimiento, hubieran estado encadenados a un muro en el interior de una caverna, con la cabeza inmovilizada de tal modo que sólo pudieran mirar hacia la pared situada en dirección opuesta a la entrada de la caverna. Tras el muro al que están encadenados hay una hoguera encendida y entre la hoguera y el muro hay un pasillo por el que circulan unos extraños porteadores que llevan estatuillas con figuras de animales, personas y objetos. Las sombras de las estatuillas se proyectan sobre la pared del fondo de la caverna, de tal modo que los prisioneros pueden ver esas sombras, pero nunca las estatuillas mismas. Los porteadores a veces pasan en silencio y otras veces van hablando entre sí. Cuando hablan, los prisioneros oyen las voces, pero creen que proceden de las sombras mismas, que son éstas las que hablan, ya que nunca han visto a los porteadores.

Una vez descrito este cuadro, se plantea la cuestión de qué le sucedería a uno de los prisioneros si fuera liberado de sus ataduras y obligado a volver la cabeza hacia el pasillo donde se encuentran los objetos manejados por los porteadores y la hoguera encendida. Quedaría confundido y asustado por el centelleo de las llamas, no vería con claridad y creería que las sombras de los objetos son más verdaderas y precisas que los objetos mismos. Si todavía se le obliga a seguir adelante y salir al exterior de la caverna quedará de tal modo deslumbrado por el Sol que no acertará a distinguir nada en un primer momento. Luego, poco a poco, podría concentrar su mirada en las zonas de sombra, después en las iluminadas y finalmente podría ver el Sol. Si regresara al interior de la caverna y contara a los otros la magnificencia de cuanto había visto afuera, los demás prisioneros le tomarían por loco y si intentara desatarlos y obligarlos a salir al exterior se resistirían y le darían muerte si pudieran.

¿Qué significa todo esto? El propio Platón nos proporciona enseguida las claves generales para descifrar la fábula: la realidad que la vista nos proporciona debe ponerse en relación con la morada de los prisioneros, la luz del fuego con el poder del Sol y la subida al mundo exterior y la contemplación de las cosas que hay en él con la ascensión del alma a la región de lo inteligible. Y añade:

"Lo último que se percibe, aunque ya difícilmente, en el mundo inteligible es la idea del Bien (el Sol inteligible), idea que una vez percibida, da pie para afirmar que es la causa de todo lo recto y hermoso que existe en todas las cosas. En el mundo visible ha producido la luz y el astro señor de ésta (el Sol visible, la hoguera), y en el inteligible la verdad y el puro conocimiento."

Para quien no esté familiarizado con la filosofía de Platón esta explicación resultará aún más oscura que la fábula misma. Dedicaré, por tanto, unas líneas a describir lo más esencial de esa filosofía.

Con ayuda de nuestros sentidos (vista, oído, etc.) podemos percibir objetos concretos con ciertas cualidades, por ejemplo, un hermoso caballo. Pero, por muy hermoso que sea, el caballo no agota ni contiene en sí la totalidad del significado de la idea de belleza. Ese caballo participa de la idea de belleza, pero ésta le precede en el tiempo y le sobrevive y se aplica a otros muchos y diferentes objetos que la reflejan de las formas más variadas. El caballo nace y muere, pero la idea de belleza, según Platón, es eterna. Además, ese mismo caballo pudo ser muy feo cuando era un potrillo o llegar a serlo si envejece o enferma; su relación con la idea de belleza es efímera y accidental. También al caballo mismo lo identificamos como un ejemplar de la idea general de caballo. Pero estas ideas generales no podemos verlas con los ojos, sino sólo con la inteligencia. Por eso Platón agrupa por un lado todas aquellas cosas que podemos ver con los ojos o percibir con los demás sentidos y llama a este conjunto el mundo sensible; por otro lado agrupa todas las ideas que sólo podemos "ver" con la inteligencia y llama a este conjunto el mundo inteligible. Los objetos del mundo sensible son como sombras de las ideas del mundo inteligible. Para Platón, las ideas tienen más realidad que las cosas visibles, ya que no nacen ni mueren y proporcionan los modelos que los objetos sensibles imitan torpemente.

Ahora podemos entender que los prisioneros de la caverna son aquellas personas que viven atadas a la percepción sensorial y no reflexionan sobre lo que ven. La morada de los prisioneros es el mundo sensible, que se reduce prácticamente a las sombras de la pared. El exterior de la caverna es el mundo inteligible, que contiene los modelos ideales de las cosas sensibles. He explicado esta fábula durante años a varias generaciones de alumnos de bachillerato, esperando en vano que alguien me formulase una pregunta tan obvia como la siguiente:

Si Platón quería representar en una imagen de juego de sombras esta peculiar relación del mundo sensible con el mundo inteligible ¿por qué se complicó tanto la vida introduciendo en el cuadro el pasillo de los porteadores, las estatuillas y la hoguera? ¿Por qué no hizo simplemente que los objetos del exterior se reflejaran directamente sobre la pared del fondo de la caverna a la luz, por ejemplo, de un sol naciente o poniente?

En efecto, lo que los prisioneros de la caverna ven en la pared no son las sombras de las ideas (de los objetos del exterior de la caverna) sino las sombras de unas figurillas que imitan a los objetos del exterior y que, a pesar de no ser las cosas verdaderas, tienen el poder de producir el mundo sensible. ¿Qué son, entonces, estas figuras intermediarias? ¿y quienes son esos porteadores?

No busquéis la respuesta en ningún manual de historia de la filosofía, ni siquiera en las monografías sobre Platón. La mayoría escurren el bulto y las pocas que no lo hacen aventuran explicaciones tan insatisfactorias que no resisten la más ligera crítica. Buscad la respuesta en el propio Platón: en el Fedro, en el Timeo, en Las Leyes, en el Fedón o en otras partes de la misma República. O si no queréis demoraros tanto, buscadla en la siguiente entrada: