domingo, 5 de febrero de 2012

La inversión cosmológica de Descartes y sus consecuencias para la astrología


Desde la mentalidad occidental de nuestros días la idea de que los planetas pueden condicionar de alguna manera el comportamiento de los seres humanos -más allá de lo verosímil o inverosímil que a cada cual le pueda resultar- parece a algunos una forma de degradar la dignidad del hombre, de rebajar las manifestaciones más exquisitas del espíritu humano a la condición de simples prolongaciones de los movimientos mecánicos y ciegos de las grandes masas de los cuerpos celestes. Si un planeta no es más que un pedrusco lejano que se desplaza por el espacio, no podemos pretender que intervenga decisivamente en los episodios cotidianos, particulares y concretos de una persona determinada, porque esos episodios, como dijera Descartes, son fundamentalmente “pensamientos”, y la piedra en el espacio es, en lenguaje cartesiano, “extensión”. Al mentar a Descartes ponemos, ciertamente, el dedo en la llaga, pues con él se radicalizó la separación e incomunicabilidad entre todo género de vida consciente e interior (la sustancia pensante -res cogitans) y el mundo de los cuerpos físicos externos, tangibles y medibles (la sustancia extensa -res extensa), y además contribuyó del modo más decisivo a instaurar en la cultura europea una visión puramente mecanicista del universo y la naturaleza. Desde la perspectiva de Descartes, la astrología es un imposible metafísico. La materia y el espíritu son, para él, habitantes de dos mundos estrictamente separados, ninguno de los cuales afecta al otro. Los planetas, como cuerpos extensos que son, se mueven en uno de los mundos. Las experiencias humanas, hechas de la sustancia del pensamiento, viven en el otro. Nada más descabellado que buscar en el mundo de la extensión la explicación de lo que acontece en el mundo del pensamiento. ¿Estuvo realmente acertado Descartes al ver las cosas de este modo? Antes de responder a esta pregunta haremos una digresión astrológica, para volver después sobre la cuestión con nuevos elementos de juicio.

Descartes había nacido el 31 de marzo de 1596, con el Sol a 10º del signo de Aries y Neptuno a 16º de Leo, ambas posiciones referidas al zodíaco tropical. Murió el 11 de febrero de 1650, cuando Neptuno había alcanzado el grado 16 de Sagitario. De 16º de Leo a 16º de Sagitario media una distancia de 120º, justamente un trígono por tránsito , pero no es esto lo que nos interesa ahora. La cuestión es que en toda la vida de Descartes Neptuno recorrió tan sólo un tercio del zodíaco. No tuvo tiempo de alcanzar el grado 10 de Aries, que hubiera supuesto un tránsito de conjunción al Sol, el contacto más poderoso que entre los dos planetas podía darse por tránsito. Después de la conjunción, el aspecto más potente es la oposición. Ésta sí que se dio en vida de Descartes y ocurrió, naturalmente, cuando Neptuno alcanzó el grado 10 de Libra, es decir, en el mes de Noviembre de 1619. Hablamos desde un punto de vista geocéntrico, pero no debemos olvidar que, cuando se trata del Sol, las oposiciones geocéntricas a éste coinciden con conjunciones heliocéntricas a la Tierra. Por tanto, tenemos también un aspecto de conjunción en este caso y podemos afirmar que, desde el punto de vista de los tránsitos, en ningún otro momento de su vida podía hacerse presente con más intensidad la vibración específica de Neptuno, en los términos en que ésta ha sido definida por los astrólogos actuales (inspiración, experiencias místicas, sueños, visiones, revelaciones, sentimientos religiosos, trascendencia, etc.) ¿Sucedió algo especial en la vida de Descartes en noviembre de 1619, algo que tuviera que ver con el tipo de cosas que los astrólogos vinculan con este planeta?

Sabemos por un documento fechado por el propio Descartes el 10 de Noviembre de 1619 que precisamente entonces experimentó una suerte de revelación mística, por medio de una cadena de sueños repetidos, donde se le instaba -según su propia interpretación- a dedicarse a la filosofía y se le manifestaban las líneas maestras del que habría de ser su célebre método para alcanzar la verdad. Lleno de excitación, afirma haber obtenido de esa experiencia “los fundamentos de una ciencia maravillosa” y llevado de un fervor religioso promete, en agradecimiento, acudir en peregrinación al santuario de la Virgen de Loreto, en Italia.



Todo esto sucedía durante un periodo de aislamiento en Neuburg, donde “pasaba todo el día solo y encerrado, junto a una estufa” ensimismado en sus pensamientos. No cabe duda de que fue un momento decisivo en su vida y en su trayectoria intelectual. Bastante sorprendente, además, que una filosofía como el Racionalismo tuviese aquí su punto de arranque, en una experiencia con tantos ingredientes de aparente irracionalidad. Y también, que de los sueños de esos días naciese un sistema, el de la duda metódica cartesiana, uno de cuyos principales objetivos era ponerse a cubierto del engaño que podríamos sufrir al tomar por real el contenido de un sueño.

Cualquiera que esté familiarizado con la astrología sabe perfectamente que a Neptuno se le asocia con casi todo lo que acabamos de describir: la inspiración, los sueños, la mística, la religión, el aislamiento, el ensimismamiento, las revelaciones. Por tanto, las expectativas que la astrología contempla para un tránsito de Neptuno como el que le tocó vivir a Descartes en noviembre de 1619 no quedan en absoluto defraudadas por lo que él mismo nos cuenta sobre lo que experimentó entonces. Por supuesto, esto puede atribuirse a la casualidad y aunque presentáramos un millar de casos similares a éste quien se obstine en negar toda posible conexión entre una cosa y otra no verá más que un millar de casualidades. Pero quien esté dispuesto a dar una oportunidad a la hipótesis de que puede existir algún tipo de relación significativa entre la posición que Neptuno ocupaba en ese momento respecto del Sol natal de Descartes y la experiencia cumbre que protagonizó nuestro filósofo, no podrá por menos que hacerse la siguiente pregunta: "Si realmente ambas cosas están conectadas, entonces ¿qué ha sucedido aquí? ¿qué significaría eso?". Al parecer, el planeta Neptuno, el cuerpo extenso, de cuya existencia no se tendría noticia hasta más de dos siglos después, habría osado traspasar la barrera entre los mundos y se habría manifestado como pensamiento. Este misterio no es tan grande confrontado con la filosofía del otro gigante del Racionalismo, Baruch Spinoza. Aunque se vale de la misma terminología que Descartes, la afirmación de Spinoza de que hay una sola sustancia, con dos atributos, el pensamiento y la extensión, hace perfectamente comprensible que un mismo ente pueda manifestarse de cualquiera de estas dos maneras: como cuerpo y como espíritu . Sin embargo, el panteísmo de Spinoza, entendido por las ortodoxias cristianas como una forma de ateísmo, propició el rechazo de su filosofía, en favor de la cartesiana, menos sospechosa de heterodoxia.

Para quien ha pasado mucho tiempo confrontando los tránsitos de los planetas sobre las cartas natales de numerosas personas con los sucesos que les acaecieron la conclusión es clara: por los anchos espacios que recorren los planetas circulan pensamientos, ideas, imágenes, impulsos emocionales o emocionantes, estructuras simbólicas, diseños racionales, mensajes con significado. Sea que los cuerpos planetarios tienen una dimensión espiritual, capaz de producir o albergar todo eso, sea que están habitados por seres espirituales que, voluntaria o involuntariamente, transmiten pensamientos a distancia, sea que el espíritu de algún ser superior, o acaso el nuestro, se refleja de alguna forma en ellos o que el propio sistema solar piense, imagine y sueñe, alguna de estas cosas es preciso admitir si queremos integrar la experiencia astrológica en un esquema significativo. Y aunque, en los tiempos que corren, afirmaciones de este calibre suenen excesivas o disparatadas, debido a lo profundamente asimilado que aún llevamos el cartesianismo bajo nuestra piel cultural, lo cierto es que durante muchos siglos y en muchos lugares han sido mayoritariamente aceptadas. La llamada filosofía presocrática, que aún desconoce la diferencia entre espíritu y materia, atribuye el Logos a la naturaleza. Platón aseguraba que las Ideas habitaban el topos ouranos –literalmente, los lugares del cielo. Los estoicos veían en el universo un animal viviente, un ser espiritual y consciente. Giordano Bruno pensaría lo mismo. Y los grandes idealistas alemanes y teóricos del romanticismo, de una manera u otra, reconocieron la cualidad espiritual que atraviesa todo lo existente.

El Sol ha sido adorado como un dios, y lo mismo la Luna y los planetas, por antiguas civilizaciones del viejo y nuevo mundo: mayas, egipcios, caldeos, sumerios, griegos, romanos; y por todos los pueblos primitivos. El hombre culto occidental esboza una sonrisa condescendiente para con esas antiguas creencias irracionales, basadas en la ignorancia y el atraso de la ciencia de aquellos tiempos. Y en su feliz autosuficiencia, ni sospecha siquiera que en vez de trocar ignorancia por conocimiento, en lo que respecta a nuestra relación esencial con el universo, el progreso científico ha instaurado una inmaculada y docta ignorancia donde antes había una visión acertada en lo fundamental, por más que, en algunos casos, se manifestara de forma inmadura, fantaseada y desviada en los detalles. Y de nuevo llegamos a Descartes, tirando del hilo que produjo esta inversión. Pero retrocedamos aún veinte siglos más, hasta la época de Aristóteles, y recordemos la cosmología que el estagirita había diseñado.

Aristóteles concibe el universo como un sistema de esferas cristalinas concéntricas, en cuyo centro se halla la Tierra. Cada una de estas esferas tiene incrustado en ella al menos uno de los astros que circundan el firmamento. La esfera más interna de cuantas rodean a la Tierra es la de la Luna y la más externa la de las estrellas fijas.


Todo cuanto se halla y sucede en el interior de la esfera de la Luna, constituye el llamado mundo sublunar, el cual está habitado por seres que nacen y mueren, naturalezas corruptibles e imperfectas. Por el contrario, envolviendo a la esfera de la Luna, se halla el mundo supralunar, sede de los seres perfectos y divinos, inteligencias que mueven las esferas planetarias, inmutables, incorruptibles. Y la más excelsa de estas inteligencias, el motor inmóvil, mantiene todo en movimiento, sin ocupar realmente ningún lugar, pues no tiene materia, sino que es pura forma, y su forma consiste en un puro pensarse a sí mismo, lo que le proporciona una felicidad completa y eterna. Este modelo, perfeccionado por Ptolomeo, es asumido por todo el mundo occidental y mantenido por la escolástica, hasta que Copérnico, Galileo, Kepler y el propio Descartes quebraran las esferas cristalinas con la revolución heliocéntrica. Con ello, no se sustituía simplemente una hipótesis astronómica por otra más plausible: se conmovía toda una cosmovisión, con implicaciones metafísicas, antropológicas y religiosas. El hombre era expulsado del centro del universo, al tiempo que se profanaba la divinidad de los cielos. Rota la esfera de la Luna, ya nada separa nuestro mundo corruptible de la celestial morada de las divinas inteligencias. Los dioses planetarios han perdido su inmortalidad y, con ella, su divinidad, su inteligencia y su espiritualidad. El mundo ya no está dividido en dos. Pero he aquí que justo entonces Descartes levanta otra especie de esfera cristalina para aislar la sustancia pensante de la sustancia extensa, y lo divide todo de nuevo de una manera mucho más radical, de modo que, más que el mundo dividido en dos, tenemos ahora dos mundos. Se declara a sí mismo una cosa que piensa, y, en cuanto tal, capaz de existir separadamente del cuerpo y de todo cuanto participa de la extensión, un alma inextensa, incorpórea, no sometida a la generación y corrupción de las cosas naturales, y, por tanto, inmortal. Por el contrario, el universo con todos sus cuerpos planetarios, es relegado al mundo de la extensión, siendo ahora éste el reino de lo corruptible. La inversión de la cosmología aristotélica ha sido completada. Descartes es Aristóteles puesto del revés. El alma humana, que Aristóteles concebía como mortal, en consonancia con su naturaleza sublunar, es en Descartes inmortal. El universo, sede de las inteligencias divinas y activas de Aristóteles, es ahora una maquina pasivamente sometida a leyes naturales.

Por eso, alguien tan profundamente aristotélico como fuera Tomás de Aquino pudo aceptar la astrología con  toda naturalidad, pues estar en conexión con las supremas inteligencias del Mundo Supralunar no suponía menoscabo alguno para el hombre. Pero después de que Descartes culminara el desmantelamiento del modelo aristotélico-ptolemaico del Cosmos y arrojara al exterior del mundo sublunar la caja de Pandora destapada, para horror de los dioses celestiales, nada noble quedó ya en el cosmos visible, de modo que toda dependencia de él resulta ahora humillante para el hombre.


Del cajón de papeles inéditos
© 2009, Julián García Vara



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