martes, 8 de diciembre de 2009

Sagitario en el mejor de los mundos posibles



"No parece que sea una coincidencia la publicación simultánea, en 1726, de los Gulliver's Travels (Los viajes de Gulliver) y de los Fifteen Sermons (Quince sermones) de Butler: en efecto, señala el final de las filosofías radicalmente optimistas, cuya culminación tuvo lugar entre finales del siglo XVII y primeras décadas del XVIII, con las obras de Locke, Leibniz y Shaftesbury"
(A. Plebe, citado por Reale/Antiseri, Historia de la Filosofía, t.II, p.661)

En este texto, Plebe sitúa la culminación de las filosofías radicalmente optimistas entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, un período que en nuestro esquema del ciclo de Sofía se corresponde con la última fase Sagitario que hemos conocido hasta ahora, que, en principio, he situado entre 1670 y 1710, terminando un poco antes de lo que dice Plebe.

De los nativos de Sagitario se dice que son alegres, afortunados, los grandes optimistas del zodíaco, y que están bajo el dominio del mayor de los benéficos: el brazo protector de Júpiter (de cuyo nombre latino deriva nuestra palabra 'jovial').

El optimismo metafísico de Leibniz se resume en su célebre frase: "vivimos en el mejor de los mundos posibles", de la que se aprovecharía más tarde Voltaire para satirizarla en su cuento titulado "Cándido o el optimismo", donde un leibniziano sufre una desgracia detrás de otra y va encontrando siempre rocambolescas razones para justificar que lo sucedido es lo mejor que podía haber pasado.

Esta tesis de Leibniz y otras de Spinoza, 14 años mayor que él, fueron anticipadas por Crisipo hacia el 240 a. C., también en una fase Sagitario del ciclo de Sofía. Sobre esto escribe A. A. Long: "(la teología optimista de Crisipo) trata de mostrar que éste es el mejor de todos los mundos posibles, con un propósito divino inmanente a él." ( La filosofía helenística, p. 149)

Y más adelante añade: "el principio activo (de la física estoica defendida por Crisipo) es la Naturaleza o Dios (...) Los cuerpos, en el sistema estoico, son compuestos de materia y mente (Dios o logos) (...) Su naturaleza, como el Dios o Naturaleza de Spinoza, es cosa a la que juntamente son atribuibles pensamiento y extensión" (pp. 153-154)

En Crisipo y en Spinoza asistimos a una identificación de Dios con la Naturaleza. Spinoza emplea constantemente la expresión latina "Deus sive Natura" (Dios o la Naturaleza). Descartes había dividido la realidad en dos mundos radicalmente separados: el de la mente y el de los cuerpos. Entre ambos mundos no hay comunicación posible, porque son dos substancias completamente distintas. Los cuerpos se reconocen por el atributo de la extensión (ocupan una porción del espacio y son medibles) y están sometidos a las leyes de la física mecanicista: se componen y descomponen por choques mecánicos entre partículas. La mente (o el alma) y sus contenidos se reconocen por el atributo del pensamiento (no ocupan ningún lugar ni son medibles). Junto al pensamiento y la extensión, o más bien por encima de ellas, Descartes reconocía una tercera substancia: la substancia infinita, es decir, Dios, que era la substancia por excelencia, de acuerdo con la definición de substancia que había dado Descartes, a saber, "aquello que no necesita de ninguna otra cosa para existir".

Spinoza observa, con razón, que es imposible que exista ninguna otra substancia junto a la substancia infinita, puesto que las otras dos dependen de ella y si fueran substancias en sentido estricto la limitarían. La substancia infinita que todo lo contiene debe tener infinitos atributos o modos de manifestación; pero, según Spinoza, nosotros sólo conocemos dos de esos atributos: el pensamiento y la extensión. No se trata, por tanto, de dos mundos separados, sino de Dios mismo o la Naturaleza misma mostrándose de dos maneras distintas. Por eso Spinoza llama a esta substancia Deus sive Natura: la Naturaleza es Dios extenso, cuerpo de Dios. Todo cuerpo "tiene alma", es, a la vez, pensamiento, tiene un correlato mental o espiritual, una naturaleza divina.

La identificación de Dios con la totalidad de lo real se conoce con el nombre de panteísmo (de pan = todo y teos = dios). Esta doctrina ha sido considerada una forma disimulada de ateísmo, por lo que ha sido condenada tanto por la ortodoxia judía (en la que Spinoza había sido educado y de la que fue excomulgado) como por la iglesia católica. Las doctrinas panteístas han proliferado especialmente en las fases de Sagitario del ciclo de Sofía, con Crisipo, Amalrico de Bene, David de Dinant y Spinoza, entre otros.

Amalrico (cuyo año de nacimiento se desconoce, pero que murió hacia el 1207) sostuvo que Dios era la esencia de todas las criaturas y la existencia de todas las criaturas.

David de Dinant (1160 - 1217) dividía las cosas en tres clases: cuerpos, almas y sustancias eternas, y sostenía que los cuerpos estaban constituidos por hylé (materia), las almas por nous (mente) y las sustancias eternas por Dios. Estas tres fuentes constitutivas son las tres indivisibles, y las tres indivisibles son una y la misma. Así, todos los cuerpos serían modos de un sólo ser indivisible, Hylé, y todas las almas serían modos de un ser indivisible, Nous; pero estos dos seres indivisibles son uno, y fueron identificados por David con Dios, que es la única sustancia. (Copleston, Historia de la Filosofía, t.II, pCursiva. 187)

David de Dinant, que desarrolló su filosofía en la fase Sagitario del ciclo de Sofía inmediatamente anterior al de Spinoza y Leibniz, no sólo anticipó las tesis centrales de Spinoza, sino que para probarlas se valió de un argumento que anticipa también el principio de identidad de los indiscernibles de Leibniz, según el cual en el supuesto de que existiesen dos sustancias indiscernibles, ambas coincidirían y serían una única e idéntica sustancia. Cinco siglos antes había dicho David de Dinant: "cuando las cosas no difieren en modo alguno una de otra son la misma. Ahora bien, siempre que dos cosas difieran una de otra, difieren en virtud de differentiae, y en tal caso deben ser compuestas. Pero Dios y la materia primera son completamente simples, no cosas compuestas. Así pues, no pueden diferir en modo alguno entre sí, y en consecuencia deber ser la misma cosa (Copleston, t.II, p. 188)

Por otra parte, es interesante considerar el singular destino que sufrió la obra de Juan Escoto Eriúgena muchos años después de su muerte. El acmé de Escoto tuvo lugar alrededor del año 850, que en el ciclo de Sofía corresponde a una fase de Piscis. La filosofía de Escoto no es panteísta, pero Amalrico de Bene la interpretó equivocadamente como panteísta y la presentó como un aval de sus propias doctrinas panteístas. En 1210, el concilio de París condena los escritos de Escoto dejándose arrastrar por la interpretación de Amalrico, quien también es condenado junto con David de Dinant. Casi cinco siglos más tarde, en 1681, las obras de Escoto se incluyeron en el índice de los libros prohibidos, nuevamente bajo acusación de panteísmo. Que por dos veces, con un ciclo de Sofia completo de por medio, se efectuara una lectura de Escoto distorsionada hacia el panteísmo, en ambos casos en fases de Sagitario, indica que en esos periodos las doctrinas de ese tipo "flotaban en el ambiente" y se las veía al mirar cualquier cosa que se les pareciera vagamente.

El signo de Sagitario es habitualmente representado por la figura de un centauro, y suele decirse que la doble naturaleza humana y equina de este ser mitológico simboliza la simultánea presencia en los nativos de este signo de tendencias a la elevación espiritual e inclinaciones al goce de los sentidos. El que este centauro sea, a la vez, un arquero que dispara su flecha hacia el infinito representa la voluntad de trascendencia hacia lo superior o divino. La distinción de David de Dinant entre cuerpos, almas y sustancias eternas puede ponerse en correspondencia con la parte equina, la parte humana y el objetivo de la flecha lanzada por el arquero-centauro respectivamente. Que Hyle y Nous sean uno queda bien figurado por el hecho de que la parte equina y la humana son un sólo animal, con capacidad de elevarse hasta la conciencia de ser uno con la divinidad. Spinoza repite el mismo esquema: pensamiento (parte humana) y extensión (parte equina) como atributos de una única sustancia, Dios o la Naturaleza.

El optimismo metafísico y el panteísmo se entrecruzan fácilmente, porque si Dios es el ser más perfecto que el cuál no podemos pensar ningún otro y, además, el mundo es de naturaleza divina, entonces no podemos vivir en otro mundo que no sea el mejor de los posibles.

© 2009, Julián García Vara

lunes, 7 de diciembre de 2009

Tauro, Nietzsche y el eterno retorno.





Como Gauguin, tampoco Nietzsche tenía ningún planeta en Tauro; en su caso, ni siquiera en la carta heliocéntrica. Puede parecer que el signo de Tauro no es adecuado para reflejar un espíritu tan demoledor como el suyo, quien dijo de sí mismo "yo no soy un hombre, soy dinamita". Pero esto tenía más que ver con la oposición de su Sol con Plutón, que en la carta heliocéntrica se ve como una perfecta alineación de Plutón con la Tierra. Por otra parte, lo que Nietzsche quería demoler era la síntesis de filosofía socrático-platónica con el cristianismo, precisamente para hacer sitio a una propuesta filosófica en la que los valores típicos de Tauro asumen casi todo el protagonismo. El mundo de las ideas de Platón y la vida ultraterrena del cristianismo son para Nietzsche espejismos de los que se vale el alma atormentada de los débiles para escapar de la tierra y negar la vida.

"¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a los que hablan de esperanzas sobrenaturales! Son envenenadores, lo sepan o no.

Así se expresa Nietzsche en Asi habló Zaratustra [trad. Alianza Editorial, p. 34] y Eugen Fink comenta sobre esto:

"El hombre (...) ha usado y abusado de la tierra para adornar la imagen del más allá (...) Al renunciar a la tierra, ha abusado de ella. El superhombre (...) devuelve a la tierra lo que ella había prestado y lo que se le había robado, renuncia a todos los sueños ultramundanos y se vuelve a la tierra con la misma pasión que antes dedicaba al mundo de los sueños (...) hacia la Gran Madre, hacia la tierra de anchos senos; en ella tiene el límite, el contrapeso que elimina todas las proyecciones hacia fuera. Al reinstalarse la existencia humana en la tierra (...) adquiere, a pesar de todos los riesgos, una estabilidad última (...) la tierra es el último criterio" (E. Fink, La filosofía de Nietzsche, pp. 81-86)

La filosofía de Nietzsche se desarrolla integramente en la última fase Tauro del ciclo de Sofía, la que va desde 1870 a 1910, aproximadamente. Las primeras obras importantes de Nietzsche se publican en el mismo año de 1870: El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música y La visión dionisíaca del mundo. Dionisos o Baco, en cuyo honor se celebraban las bacanales, es adoptado por Nietzsche como su segundo nombre.



Auguste Levêque (1866-1921), Bacchanalia

Dionisos representa un rotundo sí a la vida con todo lo que conlleva: "el orgullo, la alegría, la salud, el amor sexual, la enemistad, la guerra, la voluntad de poder, la gratitud a la tierra, el placer, la construcción y la destrucción. Aparta de sí la idea paralizante de la muerte (aleja el aguijón de Escorpio) y se entrega a la alegría de vivir sin freno, transfigurando los viejos valores y creando otros nuevos.




Henri Matisse, La alegría de vivir, 1906
"Todos los escritos posteriores a Así habló Zaratustra -sigue diciendo Fink, (op. cít. pp. 151-152) - están poseídos por la idea de la transmutación de todos los valores. Esto significa (...) que el pensamiento de Nietzsche transcurre por un cauce fijo de cuestiones (...) todos los problemas de la filosofía son para él problemas de valores"

En astrología, la función de valorar se asigna al elemento tierra en general, y más específicamente a Tauro y a la casa II. En un sentido superficial, esto se expresa en el interés que suelen tener los nativos de Tauro por el precio de las cosas, el cuál, si es justo, debe transparentar en términos cuantitativos su valor material. El valor moral de una acción coincide, según Nietzsche, con su valor para la vida. Bueno es todo aquello que aumenta la vitalidad y la sensación de poder.

Fidelidad a la tierra, espíritu dionisíaco y atención a los valores son tres temas centrales de la filosofía de Nietzsche que le conectan con el arquetipo astrológico de Tauro, pero hay un cuarto, no sé si el más importante, pero -a decir del propio Nietzsche- sí el más profundo, el más abismal: la teoría del eterno retorno de lo mismo.

"Vamos a suponer que cierto día o cierta noche un demonio se introdujera furtivamente en la soledad más profunda y te dijera:
Cursiva
-Esta vida tal como tú la vives y la has vivido tendrás que vivirla todavía otra vez y aún innumerables veces; y se te repetirá cada dolor, cada placer y cada pensamiento, cada suspiro y todo lo indeciblemente grande y pequeño de la vida (...) además todo se repetirá en el mismo orden y sucesión... Y hasta esta araña y este claro de luna entre los árboles y lo mismo este instante y yo mismo" (F. Nietzsche, La Gaya Ciencia)

"Yo mismo formo parte de las causas del eterno retorno. Vendré otra vez, con este sol, con esta tierra, con este águila, con esta serpiente -no a una vida nueva o a una vida mejor o a una vida semejante: -vendré eternamente de nuevo a esta misma e idéntica vida, en lo más grande y también en lo más pequeño, para enseñar de nuevo el eterno retorno de todas las cosas" (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, p.203)

Esta misma idea fue formulada por Pitágoras y sus discípulos muy probablemente durante la fase Tauro del ciclo de Sofía inmediatamente anterior a los sofistas.

"la doctrina de la repetición exacta de la historia (...) está documentada como pitagórica por Eudemo (quien escribe): "pero si se puede creer a los pitagóricos en que los mismos acontecimientos se repetirán individualmente, en que yo volveré a hablaros sosteniendo mi bastón y tal como estáis sentados ahora, entonces es razonable decir que el tiempo se repite." Porfirio también, en la breve lista de los dogmas que en su opinión pueden atribuirse con seguridad al mismo Pitágoras (...) cita la creencia de que "los mismos acontecimientos pasados vuelven a repetirse de un modo idéntico cíclicamente y nada es nuevo en sentido absoluto"
(Guthrie, Historia de la Filosofía Griega, t.I, p.269)

En tiempos de Nietzsche, la idea aparece también en diferentes versiones en Poincaré, en C. S. Peirce, en Blanqui (1872), en F. G. Vogt (1878) y en Gustave Le Bon (1881), entre otros.

"Enrique Poincaré creó el equivalente científico del mito del eterno retorno: cualquier sistema que siga las leyes de la mecánica newtoniana siempre regresará a su situación original. Este teorema de Poincaré parece relegar la flecha del tiempo (su irreversibilidad) a una mera ilusión"
(Fernando del Río, León Máximo, La flecha del tiempo, en "Cosas de la ciencia")

La idea misma del eterno retorno parece retornar cíclicamente, viajando en el vagón arquetípico del signo de Tauro. Hay una característica de este signo que puede "explicar" su receptividad a la idea del eterno retorno: la compulsión a la repetición. Sigmund Freud, que nació con el Sol en Tauro y publicó sus primeras obras importantes en la misma fase Tauro que Nietzsche las suyas, señala la compulsión a la repetición como una característica distintiva de las neurosis obsesivas. El neurótico trata de mantener a raya su ansiedad mediante pequeños ritos repetitivos. En el hombre sano, la repetición forma los hábitos, es decir, aquellas conductas que uno renueva constantemente, sin modificación sensible. Tauro, que no gusta de cambios, porque generan incertidumbre, ama lo habitual, lo que da seguridad. Por cierto, Sören Kierkegaard, que también nació con el sol en Tauro, es autor de una obra titulada La repetición.

El eterno retorno de lo mismo es la compulsión a la repetición llevada al paroxismo de la dimensión cósmica inmanente.

© 2009, Julián García Vara

sábado, 5 de diciembre de 2009

Tauro, unas pinceladas.



Paul Gauguin - Nave, Nave Moe (1893)


Retorno a la naturaleza

"Durante los últimos años del siglo XIX y gracias a los pintores franceses y del resto de Europa que habían desarrollado el tema de la ciudad centrando su atención en sus características menos atractivas, surgió el deseo de probar una alternativa contra la vida frenética, atrapada en el bullicio urbano de los bulevares, cafés y burdeles que dominaban las capitales (...) algunos artistas emigraron a zonas rurales (...) Al mismo tiempo, se difundió la búsqueda de las llamadas sociedades primitivas, y el prestigio del grupo de Pont-Aven, donde Gauguin estuvo instalado hasta que logró marcharse a Oceanía, provocó el éxodo de numerosos artistas a la Bretaña (...) William Leech (...) Camille Pisarro (...) en 1884 se estableció en Eragny (...) a un par de horas de París (...) Fuera de Francia sucedió un fenómeno similar. Para los artistas británicos, Cornualles significó el equivalente de la Bretaña francesa (...)(paisajes de Forbes)"

Historia del Arte Salvat, t.15, p.227.


En nuestro esquema del ciclo de Sofía, los últimos 30 años del siglo XIX y la primera década del siglo XX se corresponden con el signo de Tauro. En esta época irrumpe el fenómeno literario del naturalismo.

"El naturalismo es un estilo artístico, sobre todo literario, basado en reproducir la realidad con una objetividad perfecta y documental en todos sus aspectos, tanto en los más sublimes como los más vulgares. Su máximo representante, teorizador e impulsor fue el periodista Émile Zola que expuso esta teoría en el prólogo a su novela Thérèse Raquin y sobre todo en Le roman expérimental (1880). Desde Francia, el Naturalismo se extendió a toda Europa en el curso de los veinte años siguientes adaptándose a las distintas literaturas nacionales."

Aunque el fauvismo surge como reacción contra el naturalismo, ambas corrientes encarnan de diferente forma algunos aspectos básicos del arquetipo astrológico de Tauro. El naturalismo, de inspiración positivista, trata de "atenerse a lo dado", al mundo tal y como es, con sus grandezas y sus miserias. Esto supone entronizar a los sentidos como instrumento privilegiado para el conocimiento. El fauvismo es una forma de pintar que recurre a colores irreales, intensos, de fuertes contrastes, con formas inacabadas, de modo que, si bien se rebela contra el servilismo mimético y rígido que conlleva la reproducción exacta de la realidad percibida, crea un universo de colores tan vivos que consigue estimular los sentidos con más fuerza que la realidad misma. Pero sobre todo, aunque el tratamiento formal sea diferente, los temas son muchas veces comunes.

El cuadro de Matisse Lujo, calma y voluptuosidad condensa en su título los valores esenciales del signo de Tauro.



Henri Matisse, Lujo, calma y voluptuosidad (1904)


Pero probablemente sea la obra pictórica posimpresionista de Paul Gauguin la que mejor refleja la sensualidad, la fruición de los manjares naturales, los frutos frescos, la belleza de las mujeres, y el contacto con la tierra que identifican tradicionalmente al signo de Tauro. Pero Gauguin no tenía ningún planeta en Tauro, al menos es su carta geocéntrica con zodíaco tropical. En su carta heliocéntrica, sin embargo, encontramos a Venus a 16º 40' de Tauro, muy cerca del grado de su Mediocielo, si hemos de dar por buena la carta que se exhibe en el siguiente blog:


Ahora bien, como la irrupción de esta temáticas "taurinas" afectó a toda una generación de escritores, novelistas, pintores y filósofos, no debemos mirar en dirección a Venus, sino más bien hacia un planeta generacional bastante lento. Es de esperar que, si el ciclo de Sofía es real y la cronología esbozada se aproxima lo suficiente a la verdadera, lo que lo pone en marcha debe ser un planeta todavía no descubierto que pasa alrededor de 40 años en cada signo.



Desde la Polinesia, a donde llegó en 1891, escribe Gauguin:

"Para sobrevivir, lo que hay que hacer es dirigirse a la naturaleza que es rica y generosa y no niega nada a quien le pide parte de los tesoros que guarda en sus reservas, en los árboles, en la montaña, en el mar. Pero hay que saber trepar a lo alto de los árboles, ir a la montaña y volver cargando pesados fardos, capturar los peces, bucear, arrancar del fondo del mar la concha que se agarra con fuerza a la roca.

Así pues, por el momento, yo, el hombre civilizado, era inferior a los salvajes que vivían felices a mi alrededor, en un lugar en donde el dinero, que no procede de la naturaleza, no sirve para adquirir los bienes esenciales que la naturaleza produce."





miércoles, 2 de diciembre de 2009

Escorpio: el reino de la necesidad




"Todas las almas, e incluso también el diablo y los demonios, mediante un sufrimiento purificador, conseguirán la unión con Dios. Esta es la doctrina de la restauración de todas las cosas, según la cual todas las cosas regresarán a su último principio, y Dios será todo en todo" (Frederick Copleston, Historia de la Filosofía, t. II, p.39)


Así resume Copleston la teoría de la apocatástasis de Orígenes, uno de los padres griegos de la Iglesia, nacido hacia el año 185 ó 186. Su acmé o florecimiento podemos situarlo hacia el 225 ó 226, que en el esquema cronológico que di en la entrada "Ciclos de pensamiento" (23 de noviembre) se corresponde con el final de una fase Escorpio. El sufrimiento purificador se relaciona en astrología con los signos y casas de agua, como también la muerte y cualquier otro episodio de disolución de la identidad en un todo mayor. Los signos de fuego representan el movimiento opuesto: el de la emergencia de una identidad, el yo que surge y se expande en un movimiento ensimismado. En los signos de tierra se descubre el mundo como opuesto al yo, como algo que está enfrente y limita el crecimiento exuberante de la identidad. A través de las sensaciones se experimenta el dolor como choque conflictivo con el mundo, pero también el placer como encuentro armónico con algo distinto del yo. En los signos de aire se descubre la existencia de otras identidades, la diferencia, los puntos de vista alternativos. El conflicto de identidades se resuelve en los signos de agua en un movimiento de fusión que elimina las diferencias.

Orígenes se tomó al pie de la letra el precepto bíblico "si tu ojo te escandaliza, sacátelo..." y se automutiló los genitales en su juventud para poder vivir en castidad. Esto muestra hasta qué punto debía sentir como poderosos e indomables los impulsos sexuales, que la astrología relaciona sobre todo con el signo de Escorpio. La solución tan radical que dio a lo que -en su concepto- era un obstáculo para su vida religiosa y su salvación es un buen ejemplo del comportamiento extremista que también suele atribuirse a este signo.

En efecto, cuando los impulsos sexuales cobran fuerza dentro de nosotros podemos llegar a sentirnos como títeres a merced de una intensa corriente que nos lleva donde quiere; nos tornamos capaces de las mayores proezas y de las mayores ruindades. Se nubla el juicio, se pierde la concentración, la atención queda secuestrada por el objeto del deseo, que nos atrae con una fuerza animal irresistible. La voluntad se debilita y, en casos extremos, puede llegar a quedar anulada. Entonces ya no se puede hacer nada para oponerse a ello, como nada se puede hacer para oponerse a la muerte.

El sexo y la muerte son ejemplos de instancias abrumadoras, de lo que se impone con la fuerza de la necesidad, de algo ante lo cual es inútil toda resistencia. Así como en otro lugar he relacionado los juicios hipotéticos con el signo de Libra, podemos aquí relacionar los juicios apodícticos con el signo de Escorpio. En la lógica clásica se califica de apodícticos a aquellos juicios que expresan el máximo grado de certeza, verdad y necesidad del conocimiento. Nos indican algo que no puede ser de otra manera, algo que ha de ser así por necesidad. A esta clase pertenecen las leyes de las matemáticas y de la lógica, y también las de la física y otras ciencias, en tanto que se formulan como leyes universales y necesarias. La idea de conexión necesaria aplicada a problemas lógicos y matemáticos hace posible las cadenas de demostración. Aplicada a problemas físicos toma la forma de causalidad estricta y abre el camino a planteamientos deterministas. Aplicada a problemas humanos toma la forma de fatalidad. Aplicada a la teología toma la forma de una de las tesis de Orígenes que fueron condenadas como heréticas, la de que Dios creó el mundo no libremente, sino por necesidad de su naturaleza.

El gran maestro de las demostraciones matemáticas y geométricas, Euclides (330 - 275 a.C) floreció también en una fase Escorpio del ciclo de Sofía, la inmediatamente anterior a la de Orígenes, y también Fermat (1661 - 1665), que continuó la labor de Euclides en el siglo XVII, trabajó en otra fase Escorpio. "Euclides descubrió la infinitud de los números primos. Así alcanzó su máximo desarrollo la teoría de los números en Grecia (...) Hasta el siglo XVII en que Fermat propuso sus teoremas (...) no hubo más progreso en esta área. (La enciclopedia del estudiante, ed. Santillana, t. XV, p.37).

Escorpio es el reino de la necesidad. Incluso hablamos de "hacer nuestras necesidades" cuando buscamos una forma eufemística de referirnos a las funciones catabólicas asociadas al signo de Escorpio. Bajo su dominio está todo aquello "de lo que no hay escapatoria". Puede escenificarse en la forma de brillante demostración lógica de un teorema en un estrado universitario o en la erótica de las cadenas y de la "mujer fatal".

En Libra aún era posible optar por un camino o por otro. En Escorpio, la decisión ya está tomada, ya no hay vuelta atrás, sólo queda afrontar las consecuencias y llegar hasta el final.





martes, 1 de diciembre de 2009

Suicidio y fases lunares

En el comentario anterior vimos la distribución estadística de los ángulos entre los nodos de la Luna y cuatro planetas (Neptuno, Urano, Júpiter y Marte) en las cartas natales de 403 suicidas.

A título de curiosidad comentaré algo de lo que sucede con los otros planetas, aunque debe tenerse en cuenta que las cifras de casos de planetas sueltos en intervalos aislados son tan bajas que no significan prácticamente nada.

Por lo que respecta a Plutón, presenta valores normales en las dos conjunciones al nodo norte (11,12), pero en relación al nodo sur la conjunción aplicativa casi triplica el valor de la separativa (14,5). El Sol, por su parte, sigue un patrón similar al de los 4 planetas que ya vimos, aunque con diferencias menos acusadas. Los valores de Venus en las dos conjunciones al nodo norte y en la conjunción separativa al nodo sur son completamente normales, pero en la aplicativa al nodo sur sigue la tendencia opuesta a la de los demás planetas (sólo 5 casos). Parece que Venus se compenetra bien con el nodo sur, tal vez porque el nodo sur es el punto de comienzo de Libra en el zodíaco dracónico. La Luna no se desvía significativamente en ningún caso. Los datos de Saturno y Mercurio son difíciles de valorar, porque parecen estar afectados por acumulaciones cíclicas de posiciones en el zodíaco dracónico (por lo que se refiere a Mercurio, la razón de esto se explica en el artículo Mercurio y sus ciclos cuasi-generacionales ), pero, en principio, ambos planetas son los que presentan valores más altos en las conjunciones aplicativas al nodo norte. Está claro, sin embargo, sobre todo en el caso de Mercurio, que esos valores son generacionales y no pueden ser, pues, tomados en cuenta.

Simplificando, podemos decir que en general las conjunciones (especialmente las aplicativas) con el nodo sur de la Luna incrementan la incidencia del suicidio, salvo que se trate de Venus, Saturno o la Luna. Y las conjunciones con el nodo norte disminuyen la incidencia del suicidio, salvo que se trate de Saturno, Venus o la Luna.

Vamos a completar un poco más el cuadro echando un vistazo a la distribución de las fases de la Luna en el nacimiento de los 403 suicidas. Es decir, miraremos los ángulos entre el Sol y la Luna.


El intervalo 36, correspondiente a la conjunción aplicativa, está claramente por encima de lo normal, pero el 35 es todavía más fuerte. Esto significa que el riesgo mayor se da en los nacimientos que tuvieron lugar uno o dos días antes de la Luna Nueva, es decir cuando la Luna se encuentra en alguno de los 20 grados precedentes a la posición del Sol.

Para tranquilizar a quienes encuentren estas posiciones en sus cartas natales es necesario insistir en dos puntos. En primer lugar, esto es sólo una estimación provisional en base a una muestra relativamente corta de datos, de modo que un estudio posterior podría invalidarla. En segundo lugar, hay que poner en relación estos datos con los índices reales de suicidio, los cuales varían de unos países a otros, pero, en promedio, podemos decir que sólo una de cada cuatro mil personas -aproximadamente- comete suicidio. Si estudios posteriores confirman las tendencias observadas en éste sobre las fases de la Luna, podremos decir que la probabilidad de suicidio entre los nacidos uno o dos días antes de la Luna nueva es de 1 entre 2500 aproximadamente, en lugar de 1 entre 4000. Por tanto, 2499 de cada 2500 personas con éste ángulo en sus cartas NO cometerán suicidio.

Hay otros factores de riesgo. Por ejemplo, se suicidan el doble de varones que de mujeres; se suicidan más divorciados, separados, viudos y solteros que casados; se suicidan más pobres que ricos, etc. Entonces podemos hacer un cálculo muy simple. Si entre los nacidos en Luna nueva se suicida una persona de cada 2500, lo harán 3 de cada 7500. De esas 3 sólo una será mujer. Sin tener en cuenta las fases, el índice de suicidio es de 1 cada 4000; por tanto asciende a 3 de cada 12000. De esos tres dos serán varones; por tanto, se suicida un varón de cada 6000 personas, pero sólo una mujer nacida en luna nueva de cada 7500. En conclusión, el riesgo de cometer suicidio por el simple hecho de haber nacido varón es mayor que el riesgo de que lo cometa una mujer aun en el caso de que haya nacido en luna nueva.


© 2009, Julián García Vara

lunes, 30 de noviembre de 2009

Suicidio y nodos lunares, estadísticas.


En la base de datos de Astrodienst se hallan expuestas las cartas natales de más de 350 suicidas. Además de éstas, dispongo de otro medio centenar de cartas de suicidas en mis archivos personales. Tras descartar algunas por defectos de forma, he reunido 403 natividades aprovechables.

He medido sobre ellas, entre otras cosas, los ángulos que forman los nodos de la Luna con cada uno de los planetas. He agrupado esos ángulos en 36 intervalos de 10 grados cada uno, midiendo siempre el arco desde el nodo norte de la Luna hasta el planeta de turno. El intervalo 1 incluye todos los casos en que el planeta se encuentra en alguno de los 10 grados inmediatamente siguientes a la posición del nodo. El intervalo 2 agrupa todos los casos en que el planeta se encuentra entre 10 y 20 grados después del nodo. El 3, entre 20 y 30. Y así sucesivamente, hasta el intervalo 36, que registra el número de casos en que el planeta se encuentra entre 350 y 360 grados después del nodo o, lo que es lo mismo, entre 0 y 10 grados antes que el nodo.

Me he encontrado con algo que se repite en la distribución de ángulos de cuatro planetas diferentes: Neptuno, Urano, Júpiter y Marte. Con todos ellos, el índice más bajo de suicidios se da en el intervalo 36. Este hecho no sólo es notable porque el intervalo sea el mismo, sino, sobre todo, porque el 36 no es un intervalo cualquiera. Es el intervalo que acoge las conjunciones doblemente aplicativas entre el nodo norte y los planetas. En efecto, por ser los nodos retrógrados, cuando un planeta se encuentra en alguno de los 10 grados anteriores a la posición de un nodo, el nodo va al encuentro del planeta al mismo tiempo que el planeta va al encuentro del nodo.

En la imagen siguiente figuran las cifras exactas de las 4 distribuciones en todos los intervalos. Para verla ampliada hay que pulsar sobre ella.


Al repartir 403 arcos entre 36 intervalos, la media por intervalo es de 11,19. Por tanto, donde nos encontremos 11 casos la incidencia es normal. Si nos encontramos con 22 casos -como en el intervalo 35 de Marte- eso es el doble de lo normal.

Si el intervalo 36 acoge las conjunciones aplicativas nodo norte-planeta, el intervalo 1 acoge las conjunciones separativas. En el caso de Júpiter, la incidencia es igual de baja en ambas conjunciones. En los casos de Marte y Neptuno, la incidencia más baja se da en la conjunción aplicativa, pero también la separativa está por debajo de la media. Urano, sin embargo, tiene un comportamiento muy extraño. Sigue la misma tendencia que los otros tres planetas en la conjunción aplicativa, pero en la separativa tiene su valor más alto.

Debemos observar también los intervalos 18 y 19, porque en ellos tenemos las oposiciones al nodo norte que, como es lógico, son, al mismo tiempo, conjunciones al nodo sur. El intervalo 18 acoge las conjunciones aplicativas con el nodo sur y el 19 las separativas. Se ve enseguida que la tendencia de estos dos intervalos es completamente distinta que la de sus opuestos. De sus 8 valores, 7 están por encima de la media y no hay ninguna otra pareja de intervalos consecutivos con una incidencia de suicidios mayor que la que registran estos dos juntos. Por otra parte, puesto que la distribución es circular, los intervalos 36 y 1 son consecutivos, y también se cumple que no hay ninguna otra pareja de intervalos consecutivos que presente una incidencia de suicidios más baja que la que registran estos dos juntos.

Por consiguiente, las desviaciones más significativas se producen precisamente en las inmediaciones de ambos nodos: en el norte, por defecto y en el sur por exceso.

Los datos que aquí presento están basados en conjuntos de cartas que son de dominio público. Cualquiera puede comprobar por sí mismo la realidad de esta distribución de ángulos. Pero, sin duda, se pueden presentar algunas objeciones formales: "el estudio no ha sido replicado", "no tenemos un grupo de control", "36 intervalos son demasiados para una muestra de sólo 403 casos", etc. Así que lo mejor es ser prudentes y no lanzarse a sacar conclusiones.

Sin embargo, aunque los datos aquí registrados no autoricen a sostener afirmaciones concluyentes, creo que no son completamente inútiles. Los astrólogos honestos trabajan con hipótesis, no con certezas. Estos datos sugieren que, probablemente, sería una buena idea dar prioridad a algunas hipótesis sobre otras. Por ejemplo, sale reforzada la hipótesis de que nacer durante la conjunción aplicativa del nodo norte con Júpiter, Urano, Neptuno o Marte incrementa las ganas de vivir (porque el índice de suicidios en este caso es más bajo). Y sale debilitada la hipótesis contraria. Pero sobre todo, creo que quien haya visto, entendido y valorado la información que aquí se da, de ahora en adelante prestará más atención a estos aspectos cuando se los encuentre en una carta natal y se fijará en las personas que nacieron con ellos para aprender cómo funcionan realmente.


viernes, 27 de noviembre de 2009

Libra, Hammurabi y Epicuro.

El código de Hammurabi contiene 282 leyes grabadas en piedra en caracteres cuneiformes. He aquí algunas:


Nadie lo diría, pero parece que lo que pone ahí es lo siguiente:

Ley 1: Si uno ha acusado y ha embrujado a otro y no puede justificarse, es pasible de muerte.

Ley 2: Si uno embrujó a otro y no puede justificarse, el embrujado irá al río, se arrojará; si el río lo ahoga, el que lo ha embrujado heredará su casa; si el río lo absuelve y lo devuelve salvo, el brujo es pasible de muerte y el embrujado tomará su casa.

Ley 19: Si uno guarda al esclavo en su casa y se lo encuentra en su poder, este hombre sufrirá la muerte.

Ley 21: Si uno perforó una casa, se lo matará y enterrará frente a la brecha.

Ley 25: Si se incendió la casa de uno, y otro que fue para extinguirlo se ha apoderado de algún bien del dueño de la casa, será arrojado en el mismo fuego.


No sé muy bien qué tiene que ver todo esto con la justicia, más bien parece un sistema organizado de amenazas, un programa de asesinatos en serie, la institucionalización de la brutalidad sujeta a reglas o un precedente de los juegos de rol. Cualquier pretexto era bueno para matar a alguien. La ley 2 recuerda un poco las reglas de algún juego de mesa con fichas, dados y casillas. Pero no, no era un juego, esto iba muy en serio. A pesar de todo, parece que este código facilitó la convivencia armónica de los babilonios... al menos de los supervivientes. Desde luego, poder disuasorio no le faltaba.

Pero lo que me interesa destacar aquí no es el contenido de las leyes, sino la forma lógica en que se encuentran formuladas. Casi todas las leyes del código de Hammurabi se atienen aparentemente a la estructura de un enunciado condicional [1]:

Si... entonces...

A los juicios lógicos construidos en base a este esquema los llama Kant juicios hipotéticos y los define como aquellos que expresan la relación del fundamento con la consecuencia. Dice Kant:

La proposición hipotética: "Si existe una justicia perfecta, se castiga al malo obstinado" comprende propiamente la relación entre dos proposiciones: "Existe una justicia perfecta" y "Se castiga al malo obstinado". El que sean verdaderas en sí ambas proposiciones es algo que queda aquí sin decidir. Lo único que se piensa mediante el juicio es la consecuencia. (Crítica de la Razón Pura, B 98).

Esta estructura gramatical es común a las leyes y a los contratos. Un contrato viene a decir: "si tú me das esto, yo te daré esto otro; si tú cumples con tu parte, yo cumpliré con la mía; si tú me respetas, yo te respetaré". La astrología relaciona los contratos y las leyes con el signo de Libra y con la casa séptima de una carta astral. También el matrimonio, porque es un contrato. Por otra parte, se atribuye a los nativos de Libra la característica de la duda y la indecisión, pues necesitan considerar todos los pros y los contras de cada posible línea de actuación. Esta evaluación consiste precisamente en una comparación de enunciados condicionales: "si decido hacer esto, se seguirán estas consecuencias; si opto por esto otro, se seguirán estas otras". Los juicios hipotéticos forman la columna vertebral del modo de pensar característico de Libra.

Epicuro hizo consistir su ética en un cálculo de consecuencias en términos de placer y dolor. Para este filósofo griego, 43 años más joven que Aristóteles, buena es aquella acción de la que nos cabe esperar obtener más placer que dolor: por el contrario, si entendemos que una acción nos acarreará más consecuencias penosas que placenteras, entonces debe ser evitada. El hedonismo de Epicuro, a pesar de su máxima "busca el placer y evita el dolor", no era una búsqueda desenfrenada de sensaciones intensas; al contrario, recomendaba los placeres suaves y la moderación en todo: alimentación sana y frugal, placeres intelectuales, lectura, conversaciones amables, evitación de conflictos, relaciones armónicas y cumplir con las obligaciones políticas de un ciudadano honesto. El jardín de Epicuro fue una comunidad que éste fundó en las afueras de Atenas donde hombres y mujeres llevaban una vida dedicada al estudio, al arte y al desarrollo de la virtud de la ataraxia, es decir, de un estado de ánimo sereno, tranquilo, libre de toda perturbación, dulce y amistoso, sin reprimir las inclinaciones naturales básicas de alimentación, cobijo, sexo y afectividad. "El dulce Epicuro", como le llamaban sus contemporáneos, no cerró las puertas de su escuela ni a las mujeres ni a los esclavos, quienes hasta entonces no habían sido admitidos en ese tipo de instituciones; promovía la igualdad entre sexos y desarrolló una filosofía afín en casi todo a los ideales típicos del signo de Libra, que es precisamente el signo que corresponde a su acmé según el esquema del ciclo de Sofía. Epicuro nació hacia el 341 a.C, por lo que su acmé se sitúa en torno al año 301, muy cerca del momento en que abrió su escuela en Atenas. Vivió hasta el 270 a. C., lo que significa que conoció también la primera mitad de la fase Escorpio del ciclo de Sofía.

Un ciclo de Sofía completo más tarde, es decir, en el siglo II, el epicureísmo experimentó un renacimiento gracias a Diógenes de Enoanda, ciudad del interior de la Turquía moderna, quien hizo erigir una enorme inscripción filosófica, esculpida en una gran muralla de piedra, con un sumario de las enseñanzas de Epicuro. Se desconoce, sin embargo, el año exacto, aunque algunas fuentes señalan el año 100 como el del nacimiento de Diógenes de Enoanda y Long dice que ya era anciano cuando mandó poner la lápida, por lo que es muy probable que quede dentro de la fase Libra (150 - 190).

Dos ciclos de Sofía después de Diógenes de Enoanda, Guillermo de Conches (1080 - 1154) retomó la filosofía física de Epicuro, y un ciclo de Sofía después de Guillermo de Conches sería Pierre Gassendi (1592 - 1655) quien rescataría una vez más la filosofía epicúrea.

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[1] En sentido estricto, los enunciados normativos (éticos y jurídicos) no son propiamente hablando juicios lógicos, porque no se les puede asignar un valor de verdad. No son verdaderos ni falsos, sino que ordenan algo o anuncian una acción que se llevará a cabo en el futuro si se dan determinadas condiciones. Pero lo que aquí nos interesa poner en relación con el signo de Libra es precisamente ese matiz de planificación controlada del futuro mediante el cálculo de las consecuencias de las acciones.

© 2009, Julián García Vara

jueves, 26 de noviembre de 2009

Libra y el código de Hammurabi



El Código de Hammurabi, creado en el año 1760 a. C. (según la cronología media) es el más importante de entre los más antiguos que conocemos. Hammurabi (1792 - 1750 a. C) estableció un código jurídico común que unificó los diferentes códigos existentes en las ciudades del Imperio babilónico, consiguiendo una de las piezas fundamentales de la tecnología social, que contribuyó enormemente a la estabilidad social y política (Javier Ordoñez et alia, Historia de la Ciencia, p.29). Algunas de las leyes de este código estaban inspiradas en lo que habitualmente se conoce como la ley del talión, aquello del "ojo por ojo, diente por diente", aunque otras demuestran un espíritu más refinado. Se hace amplio uso del principio de reciprocidad exacta, de forma que las penas sean proporcionales a los delitos. Por lo general, el delincuente, mediante su acto de injusticia, obtiene un beneficio que no le corresponde y causa a otras personas daños que no merecen. La acción de la justicia debe consistir en reparar esta situación, indemnizando a las víctimas y castigando a los malhechores con daños semejantes a los que infligieron. Esta imagen de la Justicia como intento de restauración del equilibrio roto por la acción delictiva ha sido representada simbólicamente por una balanza en las mitologías y religiones de las más diversas culturas. Puede verse en numerosos papiros y bajorrelieves del Antiguo Egipto. En el papiro de Ani del Libro de los muertos vemos a Anubis en el juicio de Osiris utilizando una balanza para pesar las acciones de un difunto colocando su corazón en uno de los platillos y la pluma de la diosa Maat, símbolo de la Justicia, en el otro.


En la actualidad aún conservamos en las fachadas o en los pórticos de nuestros juzgados bajorrelieves o estatuas que representan a la Justicia bien como una simple balanza o bien como una mujer con los ojos vendados, una espada en una mano y una balanza en la otra. Esta última imagen deriva de una combinación de los iconos de las constelaciones de Virgo y Libra. El día del equinoccio otoñal septentrional el Sol sale de Virgo y entra en Libra, el día y la noche tienen la misma duración, como si los reinos de la luz y de la oscuridad se hubiesen pagado mutuamente tributo, saldando así sus deudas y estableciendo un punto de equilibrio y de justicia cósmica. Pero esta situación se da también en el equinoccio de primavera, con el paso del Sol de Piscis a Aries. ¿Por qué, entonces, los astrólogos identifican la justicia con Libra y no con Aries? Al parecer, la razón de esto es que la Justicia (Diké) había sido identificada previamente con la Virgen de la constelación de Virgo y desde ahí se deslizó hacia el signo adyacente de Libra por la razón expuesta sobre los equinoccios, pero también porque Cesar Augusto había nacido precisamente el día del equinoccio otoñal del 63 a. C., circunstancia de la que se sentía muy satisfecho y que él creía que le señalaba "como juez que establecerá o administrará el fiel de la balanza de vida y muerte, que impondrá yugo y leyes en la tierra (...) y que, finalmente, al emigrar de este mundo, le esperaran las leyes del cielo" (Antonio Ruiz de Elvira, La balanza de la justicia)

En el documento recién citado, Antonio Ruiz de Elvira continúa explicando que Manilio atribuye a Roma el signo de Libra, y que sabemos por Cicerón que el día que Rómulo fundó Roma la Luna estaba en Libra. Si realmente Libra guarda relación con la justicia y las leyes, por un lado, y con Roma por otro, no debe extrañarnos que una de las principales contribuciones que Roma hizo al mundo fuera precisamente el Derecho Romano.

Pero mucho antes de eso está el código de Hammurabi, datado hacia el 1760 a. C. Si extendemos hacia atrás la cronología del ciclo de Sofía (dada en este blog al final de la entrada "Ciclos de pensamiento", 23 de noviembre de 2009) por tres ciclos completos de 480 años desde el comienzo de la fase Libra que sigue a Aristóteles (330 a. C) tenemos que entre 1770 a. C. y 1730 a. C. aproximadamente se dio también una fase Libra. El código de Hammurabi, con su sistema de proporcionalidad y reciprocidad exacta, se convierte en un perfecto emblema de esa fase.


© 2009, Julián García Vara

martes, 24 de noviembre de 2009

Astrología y otras mancias




No es raro escuchar en boca de profanos en materia astrológica declaraciones como la siguiente:

-eso del tarot, los posos del té y la bola de cristal no son más que tonterías, pero la astrología me parece más confiable, porque se basa en los planetas.

Detrás de esta frase parece adivinarse un razonamiento de este tipo: "Si los astrólogos se basan en la astronomía y la astronomía es una ciencia, entonces la astrología tiene una base científica". ¿Es éste un razonamiento válido o es un sofisma? Tomado al pie de la letra, el razonamiento es impecable. El problema no está en lo que se dice, sino en lo que se sugiere. Técnicamente, tal como lo analizaría un lógico, se trata de un enunciado condicional. No se afirma en él categóricamente que los astrólogos se basen en la astronomía, sólo se dice que si lo hacen entonces su actividad está basada en una ciencia. Tampoco se dice explícitamente que lo que los astrólogos construyen sobre esa base tenga que ser una ciencia. Sobre una base firme se pueden levantar construcciones muy endebles. No se dice ninguna de estas dos cosas, pero ambas se dan a entender. Parece darse por hecho que, en efecto, los astrólogos se basan en la astronomía y que, además, con unos cimientos tan sólidos cabe esperar que el edificio astrológico construido sobre ellos sea igual de resistente y digno de confianza. Interpretado de esta manera, el razonamiento se convierte en un sofisma y los astrólogos que lo esgrimen con la esperanza de suscitar esta interpretación se convierten en sofistas que tratan de tapar sus vergüenzas bajo el manto robado del prestigio del astrónomo.

Pero entonces ¿no es verdad que los astrólogos se basan en la astronomía? Pues y no. Es verdad que los astrólogos utilizan algunos datos astronómicos -muy pocos en relación a lo que actualmente se conoce- para elaborar con ellos sus cartas astrales y calcular las fechas de vencimiento de un pronóstico. Pero el uso que hacen de esta información astronómica no está mucho mejor fundamentado que el que hacían los antiguos arúspices romanos del aspecto de las entrañas de los animales sacrificados o la echadora de cartas de la disposición de los naipes en una tirada de tarot. ¿Qué diferencia esencial hay entre fijarnos en los posos del té o del café y mirar la configuración de los planetas en un momento dado para, a partir de ahí, elaborar un discurso sobre algo -el futuro profesional de alguien, la evolución de su salud, etc.- que no guarda ninguna relación natural reconocible con lo que estamos mirando? Desde este punto de vista, tan gratuita parece una cosa como la otra. El hecho de que los movimientos de los planetas sean regulares y puedan ser calculados con precisión mientras que en las otras formas de adivinación el comportamiento del objeto observado sea imprevisible no añade un ápice de legitimidad al salto lógico cualitativo que el astrólogo se ve obligado a dar de todas formas para dotar de significado humano a un cuadro astronómico. Precisamente porque sin ese salto no hay astrología podemos decir que, en realidad, la astrología no se basa en la astronomía. Más bien vuela sobre ella.


lunes, 23 de noviembre de 2009

Ciclos de pensamiento.




El ciclo de Sofía


En el tomo I de su Historia de la filosofía griega (p.205 de la traducción española, ed. GREDOS, Madrid, 1984) escribe Guthrie a propósito de Platón:

"estudiar el cosmos visible, en sus aspectos de estar sometido a regla y orden -es decir, los movimientos de los cuerpos celestes-, contribuirá igualmente a resaltar nuestro parentesco con lo divino. Al concedernos la vista, dice, los dioses han hecho posible la filosofía, porque se nos dio "a fin de que pudiéramos observar los circuitos de inteligencia en el cielo y aprovecharnos de ellos para las rotaciones de nuestro propio pensamiento, porque son semejantes, por más que las nuestras sean objeto de perturbación y las de ellos carezcan de perturbación alguna, y a fin de que aprendiendo a conocerlas y adquiriendo la capacidad de calcularlas correctamente, según su naturaleza, podamos reproducir las rotaciones perfectamente infalibles de la divinidad y reducir al orden establecido los errabundos movimientos que tenemos en nosotros mismos. (Timeo, 47 B-C)"

Hoy en día tendemos a concebir el pensamiento como un movimiento libre de nuestro espíritu que puede dirigirse caprichosamente en cualquier dirección. O bien, a la manera de los hegelianos de izquierdas, como un epifenómeno de la infraestructura económica, de las condiciones materiales y sociales de una época determinada, al servicio de los intereses de clase con los que consciente o inconscientemente se identifica el pensador. En el primer caso, el pensamiento fluye al margen de la historia, mientras que en el segundo se transforma al ritmo dialéctico de un progreso histórico lineal que no conoce retrocesos ni repeticiones.

Platón nos dice, sin embargo, que el pensamiento es circular, rítmico, cíclico, y que sigue la estela de los circuitos de inteligencia inscritos en el cielo. Puede decir esto porque cree en la divinidad del cosmos, en su carácter orgánico, ordenado y viviente, perfecto y superior al entendimiento humano. Sintonizar con ese pensamiento cósmico, aprendiendo a calcular sus ciclos y a conocer su naturaleza, es una forma de elevación. El término griego "Cronos" como argumenta Guthrie (pp. 320-22), se refiere no simplemente al tiempo en cuanto duración o mera sucesión de un antes y un después, sino que específicamente asume la connotación de sucesión ordenada, ajustada a número y medida, regular y cíclica, conforme a los movimientos armónicos de los cuerpos celestes. La historia del pensamiento filosófico y científico sólo adquiere este tipo de regularidad (sólo se convierte en verdadera crónica) si se la examina desde puntos de vista cíclicos; es decir, únicamente rastreando ciclos que pongan de manifiesto la circularidad ordenada y constante que preside la reaparición de motivos, temáticas, preocupaciones, planteamientos y hasta figuras personales cuya vigencia es recuperada. Sólo así el pensamiento se encarna en la temporalidad, superando la contingencia anecdótica.

Jaspers, en su Psicología de la concepciones del mundo, sugiere algo parecido cuando afirma:

"Es una necesidad y un derecho para cada época reproducir nuevamente de una forma viva lo que el pasado ha poseído de otra forma; producir otra vez lo que ya desde hace mucho se logró" (pp. 31-37).

En las cinco entradas anteriores hemos rastreado un fragmento de secuencia zodiacal que cubre toda la época dorada de la filosofía griega antigua. No puedo asegurar que las asociaciones de ideas que me han permitido organizar ese material histórico con criterios astrológicos se correspondan con un ciclo realmente existente. No puedo saber con certeza si lo que he visto es algo que está realmente ahí o sólo es algo que mi mente ha puesto ahí. En todo caso, debemos observar que yo no disponía de ningún esquema previo en el que tratar de encajar los datos, a excepción de la vaga matriz de la secuencia zodiacal, la cual fue evocada por los datos mismos, y no al revés. Es decir, no se me puede achacar la crítica que Esquenazi ha hecho a Tarnas en el sentido de que, puesto que conoce de antemano los ciclos astronómicos, su supuesta naturaleza astrológica y las fechas en que se deberían sentir sus efectos, sólo ha tenido que seleccionar del amplio caudal de datos históricos que conviven en una misma época aquellos que concuerdan con su idea preconcebida y hacer oídos sordos a todo lo demás. En mi caso no hay ningún ciclo astronómico detrás, ninguna fecha previamente establecida, ninguna duración de ciclo conocida de antemano. Al revés, el ciclo ha sido sugerido por los datos mismos en contra de toda evidencia astronómica. Ni conozco las fechas de nacimiento de ninguno de los filósofos de la antigüedad ni ciclo planetario alguno que dure 480 años. Esta duración de ciclo, que es sólo una estimación, fue sugerida por el hecho de que en la secuencia de las principales figuras de la época dorada de la filosofía griega antigua, que incluye a Sócrates, Platón, Aristóteles y Epicuro, cada uno de ellos era unos 42 ó 43 años más joven que el anterior. Como cada figura expresa el arquetipo de uno de los signos del zodíaco en su orden natural, esto me llevó en principio a calcular una duración de unos 510 años para el ciclo completo de 12 signos. Posteriormente, al comprobar los plazos reales en que reaparecían en la historia de la filosofía los mismos motivos o en que se recuperaba el interés por algún filósofo antiguo tiempo atrás olvidado, comprendí que el ciclo total debía ser algo más corto, hasta quedar situado en esos 480 años. Por ejemplo, la filosofía de Crisipo resurge con Spinoza y Leibniz. Desde el nacimiento de Crisipo hasta el de Spinoza transcurrieron unos 1912 años. La duración del ciclo fue estimada inicialmente en una cifra próxima a los 5 siglos, y la diferencia de edad entre Crisipo y Spinoza se acerca a 4 veces 5 siglos. Dividiendo 1912 por 4 obtenemos 478. Entre Crisipo y Leibniz, la diferencia de edad es de unos 1926 años, que divididos por 4 nos quedan en 481,5 años. La media de estas diferencias y otras registradas con otros filósofos se aproxima bastante a los 480 años.

Además, en caso de que hubiera algún planeta relacionado con la actividad filosófica con un ciclo en torno a los 480 años, no sería sino hasta los 40 años que se formaría el primer tránsito de ese planeta a su propia posición radical (un semisextil), y es precisamente en la edad de 40 años donde los griegos acostumbraban a situar el acmé o floruit de un filósofo (es decir, su época de florecimiento o plenitud). Por supuesto, sé muy bien que esto no es suficiente como para dar por hecha la existencia de semejante ciclo, pero sirve al menos para trazar un primer esquema de rastreo de datos que puede ser extendido hacia adelante y hacia atrás en el tiempo como un hipotético marco de observación.

Como no puedo estar todo el tiempo repitiendo que este ciclo es solamente una suposición, que de momento sólo es especulativo, hipotético, etcétera, lo dejo dicho aquí y, en adelante, me referiré a él con el nombre de "Ciclo de Sofía", no porque tenga nada que ver con el asteroide del mismo nombre, sino en honor a la filo-sofía, que es el ámbito donde se ha revelado por primera vez, ya sea su realidad o su ficción.


El cuadro cronológico orientativo que manejo es el siguiente:



ARIES -570 -90 390 870 1350 1830
TAURO -530 -50 430 910 1390 1870
GÉMINIS -490 -10 470 950 1430 1910
CANCER -450 30 510 990 1470 1950
LEO -410 70 550 1030 1510 1990
VIRGO -370 110 590 1070 1550 2030
LIBRA -330 150 630 1110 1590 2070
ESCORPIO -290 190 670 1150 1630 2110
SAGITARIO -250 230 710 1190 1670 2150
CAPRICORNIO -210 270 750 1230 1710 2190
ACUARIO -170 310 790 1270 1750 2230
PISCIS -130 350 830 1310 1790 2270


Cualquier observación al respecto será bienvenida.


© 2009, Julián García Vara



sábado, 21 de noviembre de 2009

Virgo y Aristóteles.


Detalle de La Escuela de Atenas, de Rafael (1510)

Aristóteles fue el discípulo más brillante de Platón, pero se apartó de la doctrina de su maestro especialmente en lo que concierne a la teoría de las ideas y a la inmortalidad del alma. Para Platón, el cuerpo es la cárcel del alma. La unión del alma con el cuerpo es un castigo divino por alguna culpa relacionada con deseos inmoderados; esta condena debe cumplirse, por lo que no es lícito el suicidio, pero el anhelo del alma debe ser el de librarse cuanto antes de la carga del cuerpo para entregarse a la contemplación de la realidad divina en el mundo de las ideas. Los objetos visibles sólo son sombras perecederas de los inteligibles eternos. Aristóteles, por el contrario, consideraba que las ideas no existen separadas de las cosas. No hay un modelo de árbol en el mundo inteligible y una mala copia del modelo en cada árbol visible. Sólo hay árboles visibles. Eliminó, por consiguiente, la teoría platónica de los dos mundos. El etéreo mundo de las ideas aterrizó de lleno en el mundo sensible, que es en Aristóteles el único realmente existente. Las cosas están compuestas de materia y forma, pero la forma no puede existir si no es encarnada en un cuerpo material. El alma es la forma del cuerpo y, por consiguiente, si el cuerpo muere el alma perece con él. Debemos, por tanto, apartar la mirada de las inconmensurables regiones celestes y de la vida transmundana y preocuparnos de buscar la felicidad en este mundo presente. El contraste entre las posiciones de Platón y Aristóteles fue representado plásticamente por Rafael en su famoso fresco La Escuela de Atenas, en cuyo centro aparecen ambos filósofos, Platón apuntando con el dedo hacia el cielo y Aristóteles señalando hacia abajo con su mano. Como el propio Aristóteles señala en su física, el movimiento natural del fuego es hacia arriba y el de la tierra hacia abajo. La astrología ha incorporado los cuatro elementos de la física primitiva como figuras simbólicas de los temperamentos básicos. Así, los signos de fuego son aquellos que aspiran a la realización de grandes ideales, a la elevación, a la superación, a todo lo que es grande y noble, a cuanto brilla y destaca, evitando lo pequeño, mezquino o vulgar. Los signos de tierra buscan un suelo firme sobre el cual pisar, se afianzan en el mundo sensorial, en lo tangible y concreto, en lo material y seguro, en la experiencia. El tránsito de la filosofía platónica a la aristotélica presenta las mismas características que el de un signo de fuego a uno de tierra en los ciclos zodiacales.

Así, contra la idea mantenida por Sócrates y por Platón de la preexistencia del alma antes del nacimiento y de la posibilidad de despertar el recuerdo de cosas conocidas por el alma desencarnada en una existencia anterior, Aristóteles afirma que "nada hay en la inteligencia que no haya estado antes en los sentidos". En consecuencia, se dedica con ahínco a la observación sistemática de los materiales al alcance de los sentidos: estudia y clasifica todas las plantas conocidas, dividiendo el reino vegetal en dos grandes grupos: plantas con flores o sin ellas; escribe un tratado de las partes de los animales, otro sobre la generación de los animales, desarrolla una física y una teoría del movimiento. También fue el fundador de la lógica y de los métodos analíticos de razonamiento. Jostein Gaarder, en El mundo de Sofía, encabeza el capítulo dedicado a Aristóteles con el elocuente subtítulo:

"...un hombre meticuloso que quiso poner orden en los conceptos de los seres humanos..."

Si le damos esta frase a un astrólogo que no sepa de qué estamos hablando y le pedimos que la relacione con algún signo del zodíaco no tardará ni dos segundos en darnos la siguiente respuesta: "hum...meticulosidad, ...orden,...¡no puede ser otro que Virgo!"

Más abajo sigue diciendo Gaarder: "Lo que más le preocupaba era la naturaleza viva (...) Platón dio la espalda al mundo de los sentidos, volviendo la cabeza ante todo lo que vemos a nuestro alrededor (¡Quería salir de la caverna, contemplar el mundo eterno de las Ideas!) Aristóteles hizo lo contrario. Se puso de rodillas en la tierra para estudiar peces y ranas, amapolas y anémonas. Podríamos decir que Platón sólo usaba su inteligencia; Aristóteles también usaba sus sentidos. (...) Platón era un poeta, un creador de mitos; los escritos de Aristóteles son áridos y minuciosos como una enciclopedia"

Desde la época de los presocráticos, la naturaleza no había vuelto a ser el centro de interés principal de ningún filósofo griego de relieve. Se cierra de este modo el primer círculo de los cuatro elementos: tierra (tauro, presocráticos), aire (géminis, sofistas), agua (cáncer, Sócrates), fuego (leo, Platón) y de nuevo la tierra (virgo, Aristóteles). Después de él tendría lugar el segundo giro antropológico de la filosofía griega. Con la llegada de la filosofía helenística, el hombre y sus relaciones sociales desde un punto de vista ético acaparan la atención. Estamos otra vez en una fase de aire: libra, escuelas helenísticas y las doctrinas sobre la convivencia armónica de los seres humanos.

El pensamiento girando en la noria de la rueda de los arquetipos zodiacales a través de la historia.




Leo y la caverna de Platón, 2.



las almas inmortales, cuando llegan a la cima (de la bóveda del cielo) salen afuera y se detienen firmes sobre la parte superior del cielo, y, en esta posición, las conduce el movimiento circular de la bóveda celeste, mientras ellas contemplan lo que hay fuera del cielo.(...) la realidad que verdaderamente es sin color, sin forma, impalpable, que sólo puede ser contemplada por la inteligencia, piloto del alma, ocupa este lugar. [Platón, Fedro, 247a]

Si el mundo inteligible se encuentra fuera de la caverna y el mundo sensible propiamente dicho se circunscribe al área de visión de los prisioneros, es necesario que todo cuanto hay entre el muro a espaldas de los prisioneros y la entrada de la caverna sea algo intermedio entre lo sensible y lo inteligible. Nada nos dice Platón sobre los porteadores ni su carga, todo lo que comenta sobre esa zona es que la luz del fuego representa "el poder del Sol". ¿Pero qué es el Sol para Platón? Al final del libro VI de La República, justo antes de la exposición del mito de la caverna, podemos leer:
-¿A cuál de los dioses del cielo podrías atribuir el dominio de esas cosas e incluso la producción de la luz, por medio de la cual ven nuestros ojos y son vistos los objetos de la manera más perfecta?
-Pues al que tú y los demás la atribuyen. Porque parece claro que quieres referirte al sol.
-Y bien, ¿no es esta la relación natural de la vista con ese dios?
-No te entiendo.
-¿No es como un sol la vista, y lo mismo el órgano en el que se produce, al que damos el nombre de ojo?
-Creo que no.
-Sin embargo, debo decirte que, a mi entender, es de todos los órganos de nuestros sentidos el que más se parece al sol.
-Sin duda.
-Y esa facultad de ver que posee, ¿no le ha sido concedida por el sol como a título de emanación?
-Así es.
-A él deseaba referirme cuando hablaba de ese descendiente del Bien, análogo en todo a su padre. El uno se comporta en la esfera de lo visible, con referencia a la visión y a lo visto, no de otro modo que el otro, en la esfera de lo inteligible, con relación a la inteligencia y a lo pensado por ella.
El Sol es, pues, uno de los dioses del cielo. Para Platón, todo el cosmos con sus estrellas y planetas está habitado por dioses o inteligencias, cuyas almas se desplazan libremente por sus infinitos espacios. Concibe el cosmos como un gigantesco ser vivo animado por un alma inteligente que es su principio de movimiento y de orden: el Alma del Mundo. Este Alma del Mundo es obra de un dios artista, el demiurgo, que crea también el mundo y al hombre con la colaboración de otros dioses menores. Pero ni el demiurgo ni los otros dioses crean a partir de la nada, como en la tradición judaica, sino que lo hacen a partir de dos elementos preexistentes: la materia y el mundo inteligible, que son ambos eternos. Se inspiran en las formas del mundo inteligible para moldear la materia, pero ésta presenta resistencia y negatividad; el resultado, por tanto, no alcanza la perfección del modelo. ¿No serán, pues, los porteadores estos dioses productores del mundo sensible? ¿No serán los objetos que portan los moldes que han creado a imitación de los objetos del exterior de la caverna para formar con ellos las cosas visibles? A mi juicio ésta es la explicación que mejor encaja con el resto de la doctrina platónica.

La bóveda celeste, el sol, los planetas y las estrellas, son objetos visibles por el ojo humano y pertenecen, por tanto, al mundo sensible. Por ello deben quedar representados en el interior de la caverna. Pero son al mismo tiempo el receptáculo de divinidades y de inteligencias invisibles que gobiernan tanto los movimientos del cosmos como las cosas de este mundo. Por eso deben quedar fuera del área de visión de los prisioneros.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el signo de Leo? En primer lugar, sabemos que Ptolomeo atribuye al Sol regencia sobre Leo y que Platón coloca al Sol visible como encarnación sensible de la idea de Bien, que es el Sol inteligible y la meta final de su indagación filosófica. La filosofía de Platón es un iluminismo, que desprecia los sentidos como fuente de conocimiento y confía solamente en la luz de la razón. La luz, el fuego y el sol son figuras recurrentes de las que se vale Platón para privilegiar la noesis o intuición intelectual como forma suprema del conocer.
En segundo lugar, Platón entiende que el alma es de origen divino y la existencia terrestre es indigna de ella; el cuerpo es para el alma una cadena, una prisión, una tumba. Esto es característico de los signos de fuego -no es raro, por ejemplo, que se olviden de comer- y les distingue de los signos de tierra, por ejemplo. En tercer lugar, la platónica es una filosofía de elevación o superación, algo que también es propio del fuego, el cual, como señala Aristóteles, se mueve hacia lo alto de manera natural. La carga de la terrenalidad, el peso de la encarnación y el lastre de la dependencia de los sentidos son señalados por Platón como fardos que conviene dejar atrás cuanto antes, en el progreso del alma hacia el Bien y hacia los más nobles ideales. En cuarto lugar, su ideal político es de corte autoritario. El gobierno debe corresponder al rey-filósofo, que hará cumplir las leyes con ayuda de la clase de los guerreros por la fuerza si fuere necesario. La justificación de esto es que la Verdad es absoluta (posición dogmática) y no algo opinable y quien accede a ella después de un largo entrenamiento (simbolizado por el esfuerzo en salir de la caverna) es el único preparado para guiar a los demás. Por eso desprecia la democracia y defiende la organización jerárquica en torno a un monarca que sea noble de carácter, justo y sabio.

Y así es como pasamos de Sócrates a Platón y de Cáncer a Leo.